lunes, 9 de abril de 2007





Pedro Lemebel

Bendita pluma marica


Por Ximena del Pilar Alarcón Sandoval.





Con letras relamidas, candentes, atrevidas y resueltas, Lemebel me pone como loca. La melancolía y el ritmo de su escritura siempre consiguen una dimensión doloridamente verdadera que te transporta hacia las sutilezas de lo despiadado, la fascinación de lo urbano, lo palpitante del padecimiento y la seducción hasta las entrañas.


La irreverencia con que expone la homosexualidad, fluida y antiprotocolar, lo hicieron perfilarse como todo un personaje durante los años 80. Pedro Lemebel y Francisco Casas fundaron el colectivo de arte "Yeguas del Apocalipsis" (1987). Su trabajo cruzó la performance, el travestismo, la fotografía, el video y la instalación para luego saltar del cuento a la crónica urbana, desde donde dibuja a nuestra sociedad en atrayentes columnas publicadas por distintos medios nacionales.


La literatura de Pedro Lemebel tiene una lectura separatista como su opción sexual. Su real ambigüedad es no dejarse someter a los lugares comunes de la crítica: literatura marginal, literatura homosexual o crónica. La clave de su creación es hacer de la escritura un carnaval; Pedro todo es una fiesta. Sus letras exponen las venas y el corazón bombeando.


Lo más interesante de su trabajo está en la pasión de su composición a través de la diferencia. En su tremenda aptitud y talento para generar desconcierto a través de analogías que abarcan el mundo íntimo y social. Su palabra satisfecha, gozosa, desenfadada, tórrida y deslenguada. Una escritura de registro tan metafórico como literal que se transforma en una perspicaz poética emotiva.


He contemplado su estampa discurrir delante de mis ojos. Su turbante aseñorado, sus ojos delineados, sus alpargatas baratas, su caminar torcido, sus párpados cansados. Más allá de las letras, he vivido el balanceo de su figura. Una estación de metro, una visita donde Neruda, una exposición gratuita. Pedro ha danzado frente a mí más allá de su bendita pluma marica en diversos parajes citadinos. Y así, ha sido aún más hacedero compenetrarme con su pasión sobrecogedora que remece más allá de su propia historia.


Lemebel me hurga hasta el nervio. Más allá de un discurso homosexual, es su poderío y efusión lo que me trastorna. El decir a través de la diferencia. El criticar desde la sensación. Las palabras que sobredicen le dan una ruta sustitutiva, no sólo compensatoria, donde hasta lo grotesco es engalanado y perfeccionado. Leerlo es viajar por la ciudad que pocos se atreven a descubrir. Esa metrópoli tristemente maquillada de glamour y crédito que escapa de la realidad. Lemebel te pone de cara a la crudeza de la vida tal y cómo él la concibe; una existencia que a ratos duele y que se sobrelleva, lamentablemente a punta de olvidos despiadados.

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