Tema: Música
Punto de vista: Bossa Nova como género inmortal
Hipótesis: El Bossa Nova atraviesa generaciones y no constituye un estilo desechable
miércoles, 25 de abril de 2007
martes, 24 de abril de 2007

Patriotismo forzado
Por Ximena del Pilar Alarcón Sandoval.
No me seducen los fugaces fervores chilensis. No me convence que la “chilena” vencedora del Pulitzer haya recurrido a sus raíces latinas para cifrar su historia ganadora. Mucho menos soporto la idea de que Andrea Elliott se sienta tan chilena como ha manifestado identificarse tras su victoria en Estados Unidos.
No pretendo ocultarlo. Hace dos horas ignoraba la identidad de la compatriota estrella. Y ahora que algo sé de ella, no concibo tal importe de revuelo con respecto a su procedencia. La periodista ganadora del Pulitzer ha consumado la mayor parte de su vida y labores en el extranjero y sólo su cosanguinidad materna la atan a nuestro país.
Según la efímeramente popular, Elliot –no olvidemos que Chile tiene memoria a corto plazo- ser hija de inmigrante le permitió advertir el escenario que afrontaban el cabecilla y los componentes de una mezquita de Brooklyn tras el 11 de septiembre, y así pudo constituir un reportaje más irrefutable y valedero.
Pero si examinamos esta situación desde un prisma elocuente y objetivo, claro es que los medios de comunicación se han aprovechado de una conquista personal y ajena a toda nacionalidad para encumbrar, glorificar, enaltecer y alzar un sentimiento nacionalista que sólo reafirma la idea de un equívoco patriotismo forzado. Tal conmoción pretende forjarnos como pedantes chilenos poseedores de un galardón ajeno y nos emborracha de una alegría absurda y foránea.
miércoles, 11 de abril de 2007

La vida que nos merecemos
Por Ximena del Pilar Alarcón Sandoval.
Lo había perdido todo. Todo y no lo sabía. El gusto por la ópera, los buenos hábitos, las ganas de flotar, los apetitos intelectuales. Desde ese día y para siempre, Adolfo no rememoraría ninguna señal, peripecia o imagen que lo llevaran de regreso a su vida.
Hace tres jornadas, cuarenta y cuatro cigarrillos, ocho coca-colas dietéticas, seis galletones de avena y nueve chicles a medio mascar, Adolfo intenta descifrar porqué despertó tumbado y absorto en un parque que no reconoce. Hace tres días, incontables lagrimones y catorce evacuadas en público, Adolfo no intuye quién pudo abandonarlo junto a esa bicicleta que vislumbra como propia.
Atuendo impecable, gorro taquillero, guantes de ciclista y zapatillas ajustadas le permiten deducir cierta relación con la Oxford blanca que lo acompañaba de regreso en su siesta. Dolor desmedido en el cráneo y una intensa sensación de abandono lo impulsaron de manera instintiva a subir en la bicicleta y dirigirse a casa. Pero, ¿dónde estaba? Adolfo no lo sabía y justo ahí, la soledad lo tomó por la espalda volviéndolo más esquivo. A lo lejos un trío de carabineros y ante ello el temor inexplicable. Una certeza: escapar.
En el bolsillo la cartera. En la cartera tres billetes. Tres billetes y San Expedito para sorpresa de Adolfo. ¿Debía rezarle al Santo? Debía explicarse porqué su pavor irrazonable, porqué el abandono aparente, porqué su desesperación se tornaba paulatinamente encantadora, excitante, atractiva.
Adolfo y una ruta desconocida, Adolfo y tres días pedaleando, Adolfo y las ansias de aventura, Adolfo sin pretenderse en el pasado. Adolfo lo había perdido todo. Todo y no lo sabía. Logró desprenderse involuntariamente de sus restricciones y desganas. Adolfo se entregó a la eterna complacencia de saberse en un rumbo infinito, misterioso. Adolfo y la sempiterna gratitud de la vida que escogía. Adolfo y la placidez de empezar a perseguir la vida que él codiciaba en sueños, esa vida; la vida que nos merecemos.
lunes, 9 de abril de 2007

Pedro Lemebel
Bendita pluma marica
Por Ximena del Pilar Alarcón Sandoval.
Con letras relamidas, candentes, atrevidas y resueltas, Lemebel me pone como loca. La melancolía y el ritmo de su escritura siempre consiguen una dimensión doloridamente verdadera que te transporta hacia las sutilezas de lo despiadado, la fascinación de lo urbano, lo palpitante del padecimiento y la seducción hasta las entrañas.
La irreverencia con que expone la homosexualidad, fluida y antiprotocolar, lo hicieron perfilarse como todo un personaje durante los años 80. Pedro Lemebel y Francisco Casas fundaron el colectivo de arte "Yeguas del Apocalipsis" (1987). Su trabajo cruzó la performance, el travestismo, la fotografía, el video y la instalación para luego saltar del cuento a la crónica urbana, desde donde dibuja a nuestra sociedad en atrayentes columnas publicadas por distintos medios nacionales.
La literatura de Pedro Lemebel tiene una lectura separatista como su opción sexual. Su real ambigüedad es no dejarse someter a los lugares comunes de la crítica: literatura marginal, literatura homosexual o crónica. La clave de su creación es hacer de la escritura un carnaval; Pedro todo es una fiesta. Sus letras exponen las venas y el corazón bombeando.
Lo más interesante de su trabajo está en la pasión de su composición a través de la diferencia. En su tremenda aptitud y talento para generar desconcierto a través de analogías que abarcan el mundo íntimo y social. Su palabra satisfecha, gozosa, desenfadada, tórrida y deslenguada. Una escritura de registro tan metafórico como literal que se transforma en una perspicaz poética emotiva.
He contemplado su estampa discurrir delante de mis ojos. Su turbante aseñorado, sus ojos delineados, sus alpargatas baratas, su caminar torcido, sus párpados cansados. Más allá de las letras, he vivido el balanceo de su figura. Una estación de metro, una visita donde Neruda, una exposición gratuita. Pedro ha danzado frente a mí más allá de su bendita pluma marica en diversos parajes citadinos. Y así, ha sido aún más hacedero compenetrarme con su pasión sobrecogedora que remece más allá de su propia historia.
Lemebel me hurga hasta el nervio. Más allá de un discurso homosexual, es su poderío y efusión lo que me trastorna. El decir a través de la diferencia. El criticar desde la sensación. Las palabras que sobredicen le dan una ruta sustitutiva, no sólo compensatoria, donde hasta lo grotesco es engalanado y perfeccionado. Leerlo es viajar por la ciudad que pocos se atreven a descubrir. Esa metrópoli tristemente maquillada de glamour y crédito que escapa de la realidad. Lemebel te pone de cara a la crudeza de la vida tal y cómo él la concibe; una existencia que a ratos duele y que se sobrelleva, lamentablemente a punta de olvidos despiadados.
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