
La vida que nos merecemos
Por Ximena del Pilar Alarcón Sandoval.
Lo había perdido todo. Todo y no lo sabía. El gusto por la ópera, los buenos hábitos, las ganas de flotar, los apetitos intelectuales. Desde ese día y para siempre, Adolfo no rememoraría ninguna señal, peripecia o imagen que lo llevaran de regreso a su vida.
Hace tres jornadas, cuarenta y cuatro cigarrillos, ocho coca-colas dietéticas, seis galletones de avena y nueve chicles a medio mascar, Adolfo intenta descifrar porqué despertó tumbado y absorto en un parque que no reconoce. Hace tres días, incontables lagrimones y catorce evacuadas en público, Adolfo no intuye quién pudo abandonarlo junto a esa bicicleta que vislumbra como propia.
Atuendo impecable, gorro taquillero, guantes de ciclista y zapatillas ajustadas le permiten deducir cierta relación con la Oxford blanca que lo acompañaba de regreso en su siesta. Dolor desmedido en el cráneo y una intensa sensación de abandono lo impulsaron de manera instintiva a subir en la bicicleta y dirigirse a casa. Pero, ¿dónde estaba? Adolfo no lo sabía y justo ahí, la soledad lo tomó por la espalda volviéndolo más esquivo. A lo lejos un trío de carabineros y ante ello el temor inexplicable. Una certeza: escapar.
En el bolsillo la cartera. En la cartera tres billetes. Tres billetes y San Expedito para sorpresa de Adolfo. ¿Debía rezarle al Santo? Debía explicarse porqué su pavor irrazonable, porqué el abandono aparente, porqué su desesperación se tornaba paulatinamente encantadora, excitante, atractiva.
Adolfo y una ruta desconocida, Adolfo y tres días pedaleando, Adolfo y las ansias de aventura, Adolfo sin pretenderse en el pasado. Adolfo lo había perdido todo. Todo y no lo sabía. Logró desprenderse involuntariamente de sus restricciones y desganas. Adolfo se entregó a la eterna complacencia de saberse en un rumbo infinito, misterioso. Adolfo y la sempiterna gratitud de la vida que escogía. Adolfo y la placidez de empezar a perseguir la vida que él codiciaba en sueños, esa vida; la vida que nos merecemos.

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